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Celebremos el 7 de Agosto

¿POR QUÉ SEGUIMOS RECORDANDO EL

7 DE AGOSTO?

Objetivo

Reflexionar sobre la importancia de recordar nuestra historia y reconocer las diferentes personas y experiencias que hacen parte de ella.

¿Por qué seguimos recordando el 7 de agosto, el 20 de julio y en general las fechas patrias?


7 de agosto


El 7 de agosto de 1819 se libró la Batalla del Puente de Boyacá, uno de los acontecimientos más importantes de la Independencia de Colombia. Ese día, el ejército libertador, dirigido por Simón Bolívar, enfrentó a las tropas realistas, es decir, a los soldados que defendían el dominio de la Corona española sobre la Nueva Granada, nombre que recibía el territorio que hoy ocupan Colombia y Panamá. La batalla duró pocas horas y terminó con la victoria de los independentistas, quienes lograron impedir que el ejército español llegara a Santafé, la capital del Virreinato.

Este triunfo permitió la entrada del ejército libertador a Santafé pocos días después y fortaleció el proceso de Independencia. Aunque la guerra contra España continuó en otros territorios durante varios años, la Batalla del Puente de Boyacá se convirtió en un símbolo porque aseguró el control de la capital y abrió el camino para la creación de la República. Por esta razón, cada 7 de agosto se recuerda como una de las fechas más importantes de la historia de Colombia.


¿Por qué seguimos recordando el 7 de agosto?


A veces me pregunto cómo nacen los países. Quién decide que millones de personas deban vivir entre líneas imaginarias y sentir que tienen algo en común. Siempre que me hago esa pregunta termino encontrando la misma respuesta: la historia. Hay momentos que cambian la manera en que un territorio es visto por quienes lo habitan y hacen que deje de ser solamente montañas, ríos o caminos para convertirse en un lugar que llamamos nuestro. De mi infancia recuerdo el himno, las formaciones de agosto y, cuando había suerte, una bandera pequeña colgada en el uniforme. Nunca le encontré demasiado sentido. Preguntar por qué parecía romper el libreto cuando todos seguíamos el mismo guion. Hoy quiero volver a esa pregunta. No para memorizar una respuesta, sino para dibujar con hilos de colores la relación del pasado con mi presente.

Cada año escuchamos una historia parecida. El 7 de agosto de 1819, en el Puente de Boyacá, el ejército libertador derrotó a las tropas españolas. Aprendemos nombres como Bolívar, Santander o Anzoátegui, recordamos que fue una batalla decisiva y entendemos que ese triunfo abrió el camino hacia Santafé para consolidar la Independencia de la Nueva Granada. Todo eso es cierto y vale la pena recordarlo. Los países también necesitan fechas para reconocerse y lugares donde volver a preguntarse de dónde vienen. Pero siempre me queda una inquietud. ¿De verdad un país puede nacer en un puente?

Mientras aquí se libraban esas batallas, el mundo también estaba cambiando. En Estados Unidos una colonia había demostrado que era posible romper con una monarquía. En Francia miles de personas discutían que el poder no debía pertenecer a un rey por haber nacido rey, sino a los ciudadanos. En Haití, hombres y mujeres esclavizados derrotaron a uno de los ejércitos más poderosos de la época y fundaron la primera república negra de América. Desde México hasta el Río de la Plata aparecían movimientos de resistencia que soñaban con decidir su propio destino. Boyacá no fue un caso aislado fue parte de una conversación que recorría América y preguntaba quién debía gobernar y para quién debía existir el poder.

Entonces apareció otra respuesta. La República no nació solamente para cambiar una bandera por otra, nació porque muchas personas comenzaron a creer que la autoridad no debía heredarse, sino construirse. Que las leyes debían proteger a las personas y no únicamente a los poderosos. Que era posible hablar de ciudadanía, de derechos y de participación. Claro que muchas de esas promesas quedaron incompletas, la esclavitud continuó, las mujeres siguieron excluidas de las decisiones políticas y buena parte de los pueblos indígenas permanecieron al margen de esa nueva República. Pero ya había cambiado el modelo de gobierno y las formas de participación que vendrían con el poco a poco comenzarían a abrir espacio para que otros grupos fueran reconocidos, habían cambiado la historia.

Hace unas semanas viajé a Boyacá y vi un puentecito. Se los aseguro, difícilmente caben seis personas caminando lado a lado. A un costado hay esculturas y una placa que casi desaparece entre la inmensidad del valle. Pensé: ¿aquí nació Colombia? Mientras caminaba entendí que lo importante nunca fue el puente. Lo importante fue el significado que decidimos darle, un relato que nos dice quiénes somos. Miles de personas llegan cada año para recordar que allí ocurrió algo capaz de cambiar la manera en que un territorio comenzó a pensarse a sí mismo, es increíble pero la foto de la cada familia en el puente fortalece un sentimiento colectivo de ser parte de algo, una nación con una historia común, algo que va más allá de las piedras del puente pues es el relato que nos hace ser de aquí. 

Pero esa historia tampoco pertenece únicamente a los nombres que aparecen en los monumentos. Antes del puente hubo personas. Estaban quienes escribían discursos y también quienes nunca aprendieron a escribir, estaban los pueblos indígenas que defendían sus territorios, los hombres y mujeres esclavizados que buscaban una libertad que todavía les era negada, las Juanas que caminaron junto al ejército libertador, los campesinos, artesanos y llaneros que combatieron por razones distintas. Algunos soñaban con una República, otros simplemente querían una vida diferente. Todas esas historias terminaron encontrándose en Boyacá y todas ayudan a explicar por qué hoy seguimos llamándonos Colombia.

Quizá por eso el 7 de agosto sigue siendo importante. No porque nos obligue a cantar un himno, a repetir un discurso o a izar una bandera por costumbre. Sigue siendo importante porque nos recuerda que los países no nacen terminados, sino que son obras humanas, llenas de contradicciones, de luchas y también de esperanza. Hace más de doscientos años otras personas imaginaron un país distinto al que conocían. Dejándonos una pregunta ¿qué país estamos construyendo nosotros que en doscientos años será recordado? 


RESPONDA


¿Qué razones presenta el texto para seguir recordando el 7 de agosto?

¿Qué personas o grupos aparecen en la lectura además de los personajes que normalmente recordamos?

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